Del grano verde a la soberanía: el café como espejo de las desigualdades y motor de transformación

Compartir

El café, uno de los productos más universales del planeta, tiene una paradoja difícil de ignorar: mientras sus raíces solo crecen en los suelos del Gran Sur —en África, América Latina y el Caribe, el mundo árabe y Asia—, el mayor valor económico se concentra en el Norte. En 2021, Europa representó el 39 % de las exportaciones mundiales de café, mientras que todo el continente africano apenas alcanzó un 7 %. Alemania, un país que no produce café, exportó granos verdes por 635 millones de dólares, superando a Uganda, el segundo mayor productor africano, que alcanzó 559 millones. La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que quienes no producen, ganen más que quienes cultivan?

Las cifras revelan una injusticia estructural. En 2021, el comercio mundial de café alcanzó 36 mil millones de dólares, sin contar el mercado de consumo, que se estima en 466 mil millones. Sin embargo, los países productores apenas reciben un 5 % del valor final, mientras más de 25 millones de pequeños agricultores siguen atrapados en la volatilidad del mercado de materias primas. Iniciativas como el comercio justo, aunque bien intencionadas, han demostrado ser insuficientes: fijan precios mínimos que no varían según el costo de vida o de producción en cada país, convirtiéndose en garantías para minoristas del Norte más que en un margen de vida digno para los productores del Sur.

En este contexto, el Secretario General de la OCS declaró con firmeza: “El estado actual de los hechos no es solo abismal, es intolerable. Nuestros países productores de café —en África, América Latina y el Caribe, el mundo árabe y Asia— deben unirse para estabilizar los mercados de nuestros agricultores y fijar precios auténticamente justos. Lo hemos hecho antes, en el caso del petróleo; podemos hacerlo hoy, en el caso del café”. Sus palabras reflejan una urgencia histórica: pasar de la dependencia al liderazgo en una industria que es símbolo de las inequidades globales, pero también del potencial de desarrollo endógeno.

La OCS sostiene que la respuesta no está en soluciones parciales, sino en un cambio estructural con visión de futuro. Esto implica invertir en valor agregado dentro de los países productores, fomentando la instalación de plantas de tueste, envasado y producción de cápsulas; trasladar los costos de certificación a los compradores internacionales, para que no recaigan en los agricultores; y sobre todo, formar a las nuevas generaciones en áreas estratégicas, desde técnicas avanzadas de tueste y mezcla hasta gestión de cadenas de valor. Se trata de construir capacidades nacionales y regionales que permitan transformar el café en los lugares donde realmente se produce, multiplicando los beneficios para las comunidades locales.

El reto va más allá del café: es un espejo de los desafíos que enfrentan las economías del Gran Sur, atrapadas en modelos extractivos que exportan materias primas y reimportan productos con valor agregado. Transformar esta dinámica requiere visión estratégica y cooperación. El programa 2025-2026 de la OCS lo deja claro: se trata de impulsar la industrialización de alto valor, la innovación tecnológica endógena y la agricultura sostenible, con el café como catalizador de un modelo distinto de desarrollo.

La lección es contundente. El café no puede seguir siendo un ejemplo de dependencia: debe convertirse en símbolo de soberanía. Y ello exige que los países productores pasen de ser exportadores de granos verdes a protagonistas de toda la cadena de valor. En palabras del Secretario General: “El café representa las injusticias estructurales que hemos sufrido, pero también encarna el potencial para que el desarrollo endógeno se convierta en una realidad tangible, próspera y sostenible para nuestros pueblos”.