Integración regional, transformación y renovación de los sueños colectivos

En esta edición, el Secretario General aborda la importancia de la integración regional para una cooperación más amplia entre Sur-Sur, la significancia de la transformación —en contraposición a simples reformas— en la tercera vía de desarrollo y la necesidad de emanciparse de «la dictadura de la tecnocracia» y, en consecuencia, la renovación de los sueños colectivos en el discurso sobre el desarrollo.
Compartir

Entrevistador: Me gustaría preguntarle acerca de la integración regional, puesto que, según tengo entendido, usted ha resaltado la importancia que tiene en su visión en repetidas ocasiones. También quiero pedir su opinión sobre los esfuerzos de integración regional que se han realizado, por ejemplo, en mi propia región de origen, América Latina y el Caribe.

Secretario General: Para responder esta pregunta, debemos empezar con el tema del Gran Sur que ya hemos abordado en previas ocasiones, por lo que no profundizaré en ello. Como usted sabe, gran parte de mi filosofía se basa en la consolidación, el fortalecimiento y la expansión de la cooperación Sur-Sur. Como se indica en la Declaración Universal de la Educación Equilibrada e Inclusiva, el Sur está compuesto por Pueblos y Estados cuyas historias, culturas, idiomas y realidades son muy diversas. No obstante, también comparten desafíos sistémicos y aspiraciones que hacen que la cooperación entre ellos sea especialmente relevante con el fin de lograr esas aspiraciones comunes y superar esos desafíos compartidos. Entonces, ¿qué relación tiene esto con la integración regional? ¿Por qué considero que la integración regional también es necesaria dentro de esta visión del Sur? De hecho, ¿por qué la considero, de algún modo, como una condición para la cooperación Sur-Sur efectiva? Ante todo, porque el fundamento de la integración regional es el mismo para el Gran Sur y la cooperación Sur-Sur. Las regiones comparten numerosas realidades, aspiraciones y, a veces, incluso culturas e idiomas, de una manera que es aún más evidente que al observar al Gran Sur, por lo cual la cooperación y la integración se vuelven también necesarias a nivel regional. En otras palabras, la misma lógica que sustenta la cooperación Sur-Sur se intensifica a nivel regional.

La segunda razón por la que hago hincapié en la integración regional se fundamenta en la primera. En la OCS, nos mantenemos firmes en nuestro reconocimiento de la importancia y el apoyo a la dimensión endógena del desarrollo y la autonomía. Sin embargo, también debemos reconocer que ningún país puede ser autónomo por completo en todas las áreas. Es así como en aquellas áreas en las que un país no puede ser autónomo, surge el fundamento y la necesidad de la autonomía colectiva, la cual conforma un eje transversal del programa de la OCS. De hecho, no solo es necesario, sino también deseable, mancomunar recursos, esfuerzos e inteligencias. Por lo tanto, en muchos aspectos la integración regional es necesaria para la autonomía y el desarrollo endógeno, ya sea en términos de capacidad de investigación, financiamiento, economías de escala o desarrollo tecnológico.

Sin embargo, cuando hablo de la importancia de la integración regional, no me refiero únicamente ni exclusivamente a lo económico o lo político, sino que también puede y debe abordar lo cultural. Para ilustrar y respaldar mi argumento, usemos un ejemplo de mi lengua materna. En árabe, no existe una sola manera de traducir «transdisciplinariedad». De hecho, ni siquiera tenemos una norma gramatical que nos permita crear un neologismo de fácil comprensión. Por lo que cada traductor, investigador o autor suele traducir el concepto de transdisciplinariedad —un concepto que no es endógeno en el pensamiento árabe— a su manera, lo que a menudo consiste en una frase como «diálogo entre y más allá de las disciplinas». Esto genera un problema fundamental, no solo de eficiencia en la escritura, sino también en el intercambio de conocimiento. Si el investigador palestino que está interesado en transdisciplinariedad realiza una revisión de la investigación transdisciplinaria disponible en la región árabe, es muy probable que nunca encuentre —excepto por recomendación personal— el artículo publicado por un académico marroquí sobre el tema de transdisciplinariedad.

A la vez, esto dificulta el acceso del investigador palestino a un conocimiento transdisciplinario adicional, a pesar de escribir en el mismo idioma, e impide cualquier posible colaboración que podría haber sido productiva. Si bien el idioma árabe es uno de los más ricos que conozco, en el siglo XXI también necesita una nueva ola de estandarización e innovación para abordar los conceptos y las realidades emergentes. Pese a ello, ningún país árabe puede, por sí solo, estandarizar o innovar el idioma. No obstante, mediante la cooperación y la integración regionales en el ámbito cultural y lingüístico, es plenamente factible. Para abordar este problema, se podría crear, por ejemplo, un instituto o una academia árabe intergubernamental —similar a la Académie Française— donde nuestros escritores e intelectuales se reunirían no solo para estandarizar estas traducciones en los países árabes, sino también para introducir innovaciones en el idioma. Es decir, acuñarían neologismos cuando fuera pertinente y necesario, junto con nuevas estructuras o reglas gramaticales que se ajusten a la lógica interna y milenaria del idioma, lo cual es importante para nuestro desarrollo. Este sería un ejemplo de integración regional que no es política en el sentido común de la palabra, ni económica.

Entrevistador: Pero de cierta manera todavía es política, ¿no es así?

Secretario General: Por supuesto, si se analiza cualquier tema hasta su conclusión e implicación lógica, todo resulta ser político al final. Pero no es política en el sentido del proceso de gobernar un país, tampoco está relacionada de manera directa con las relaciones exteriores entre Estados soberanos. En resumen, estos son los dos motivos por los que hablo sobre integración regional: el primero es que el fundamento de la cooperación Sur-Sur, es decir, compartir los desafíos y las aspiraciones que hacen que la cooperación sea necesaria y deseable, se potencia a nivel regional; el segundo es que el desarrollo endógeno y la autonomía no siempre son posibles ni deseables por completo a nivel nacional, lo que hace que la integración regional sea necesaria y enriquecedora.

Después de haber señalado estos principios generales o razones, permítame añadir que, si bien necesitamos que nuestras integraciones regionales respectivas se basen en cimientos justos, al mismo tiempo necesitamos que sean estables, que se registren en el tiempo y que se establezcan en términos de un pueblo. Para aclarar este punto, permítame definir mis términos. Quizás la definición de Debray es la mejor que he encontrado sobre el tema: una población es un grupo de individuos que ocupan un espacio; un pueblo es una población que ha trascendido el tiempo y ha heredado una historia y una memoria. Población es espacio. Pueblo es tiempo. En este contexto, para que la integración regional sea verdadera integración y no mera cooperación, debe forjar un pueblo, lo cual requiere tiempo. Por consiguiente, la integración debe tener como característica principal unos cimientos sólidos y duraderos.

Ahora, para abordar su pregunta sobre mi perspectiva acerca de los esfuerzos que se han hecho para lograr la integración regional en América Latina y el Caribe, sin mencionar ninguna iniciativa específica, reconozco que la cooperación ha tenido algunos logros notables. También soy consciente de las deficiencias que tienen numerosas plataformas de integración. Mi opinión es que la mayoría de estas deficiencias se deben en gran medida a que dichas plataformas se basan en una proximidad ideológica. Respecto a esto, no juzgo ninguna ideología en particular, sino que limito mi análisis a la sostenibilidad y la estabilidad, o la falta de ellas, para la integración. Cuando el gobierno de cierto país cambia, como ha sucedido, y no comparte la ideología de su predecesor, se aparta del instrumento de integración. En otras palabras, estos instrumentos de integración no son estables a lo largo del tiempo y el tiempo es la condición previa para un pueblo, lo que la mayoría de estos instrumentos no han podido lograr. Por lo tanto, tengo mis reservas sobre estos esfuerzos, no porque no comparto los objetivos, al contrario, sino porque me preocupa la sostenibilidad de los procesos y los marcos.

Entrevistador: Sin embargo, estas plataformas, instrumentos y organizaciones han brindado alegría para miles y millones de personas.

Secretario General: Sin duda, puede que sea así, pero no han representado un buen ejemplo de integración regional.. En ese caso, si usted me preguntara sobre objetivos distintos a la integración, como la cooperación y la solidaridad, podría decirle que en realidad se pueden considerar como buenos ejemplos para esos otros objetivos, pero no para la integración en sí. De hecho, creo que hay una verdadera labor por hacer en términos de integración regional auténtica en nuestros países del Gran Sur, con énfasis particular en la región de América Latina y el Caribe, porque la integración es un área en la que esa región, al no tener su propia organización intergubernamental, queda desfasada del resto del Sur, tal vez con la excepción de algunas subregiones en Asia, dada la magnitud del continente. Recientemente, he seguido las conversaciones sobre la institucionalización de la CELAC como una organización, por ejemplo. En definitiva, espero que estos esfuerzos se concreten en términos que sean convenientes para todos. De todas maneras, considero que es crucial fortalecer las integraciones regionales en América Latina y el Caribe, África, el mundo árabe y Asia. Quisiera añadir que es importante destacar que las integraciones regionales en el Sur se fortalecen mutuamente, ya que —y aquí volvemos a la importancia de la cooperación Sur-Sur— aprenden de los éxitos y las deficiencias de unos y otros, lo que les permite integrarse más.

Entrevistador: Debe haber integración entre las integraciones regionales.

Secretario General: Por supuesto, si quiere expresarlo esa manera. Supongo que eso es todo lo que tengo que decir sobre la integración regional en términos generales.

Entrevistador: Me gustaría preguntarle sobre un tema que usted ha mencionado en varias ocasiones en discursos y entrevistas que he leído, en cuanto a la importancia de los ideales y la capacidad colectiva de soñar y construir, ya que concuerda con nuestra conversación: la integración regional como un sueño para fortalecernos.

Secretario General: La cuestión de renovar con ideales es, por supuesto, algo que planteo en mis intervenciones en repetidas ocasiones. Como sabe, mi postura es firme en cuanto a que necesitamos de una visión, porque sin visión, sin saber a dónde nos dirigimos en 20 años, no puede haber planes. Sin visión ni planes no puede haber acciones, solo reacciones. De manera similar, sin sueños no puede haber movilización y sin movilización no puede haber transformación. Más allá de los objetivos, necesitamos ideales. Para que quede claro, por supuesto que también necesitamos objetivos que son tecnocráticos para apoyar nuestros ideales; de lo contrario, permanecemos en lo abstracto, pero no podemos limitarnos a la tecnocracia.

Sin embargo, desde el triunfo del neoliberalismo, la tecnocracia —cuya función es de apoyo a la política— ha proclamado su supremacía sobre la política —que conlleva un proyecto y no solo medidas para la sociedad— y ha deslegitimado los sueños en el ámbito político y en los discursos internacionales. Nuestro mundo se ha divorciado de los sueños. Para expresar mi idea de forma más clara, déjeme dar ejemplos concretos. En el siglo XX, ya fueras capitalista o socialista, había un sueño en el discurso político. En los discursos de John F. Kennedy en Estados Unidos, se podía escuchar un sueño para su país y para el mundo, con el cual podías no estar de acuerdo, pero no obstante era un sueño. En otro lado del espectro político, al escuchar un discurso de Fidel Castro en Cuba, también se escuchaba un sueño para su país y para el mundo, una vez más un sueño que quizás no se comparte, pero un sueño no obstante.

Los seres humanos —y aquí me incluyo— necesitan más que buenas políticas. También necesitamos un poco de poesía, de transcendencia, algo más grande que nosotros, algo transgeneracional. Es decir, el saber, con toda probabilidad, que el sueño por el que lucho no se hará realidad por completo durante mi propia existencia no me desanima ni me detiene, porque soy consciente de la naturaleza transgeneracional de mi lucha.

Esto concuerda con la perspectiva de Fernando Birri, quien al parecer mencionó —y parafraseo a Galeano, quien a su vez lo parafraseaba—: «¿Cuál es el objetivo de la utopía? Siempre se encuentra en el horizonte. Si avanzo diez pasos hacia ella, ella retrocede diez pasos. Claramente nunca la alcanzaré. Entonces, ¿cuál es el objetivo de la utopía? Bueno, ese es el objetivo de la utopía precisamente: hacerme avanzar». Oscar Wilde escribió algo similar en el siglo XIX —y parafraseo otra vez—: «Un mapa que no incluya a la utopía ni siquiera merece una mirada. Omite el país más importante, aquel donde la humanidad siempre aterriza. Y cuando lo hace, observa a su alrededor y al ver un país mejor, vuelve a zarpar». Él concluye con, y aquí lo cito: «El progreso es la materialización de las utopías».

En resumen, debemos renovar con nuestros sueños e ideales para emanciparnos de la dictadura tecnocrática en la que vivimos, porque esa es la única manera de ser genuinamente humanos y lograr el futuro que nos merecemos. Eso sí, hablo sobre emanciparnos de la dictadura tecnocrática. Tampoco afirmo que necesitemos eliminar la tecnocracia. La tecnocracia es necesaria: necesitamos técnicos, experiencia y medidas pragmáticas. Pero también necesitamos mucho más. La visión siempre debe preceder a los programas de acción. Primero la poesía, luego la política.

Entrevistador: En su respuesta, mencionó que «sin sueños no puede haber movilización y sin movilización no puede haber transformación». ¿Podría ampliar el tema?
 
Secretario General : Quizás deberíamos comenzar por definir nuestros términos o la diferencia que hago entre reforma y transformación: la reforma es solo una alteración cosmética y la transformación implica cambiar las dinámicas. No nos interesa la reforma, porque sabemos que el sistema en sí contiene dinámicas que reproducen la desigualdad, la injusticia de nuestra dependencia y una amplia gama de problemas. Por lo tanto, aspiramos a cambiar las dinámicas subyacentes, es decir, la transformación.

A modo de ejemplo, con frecuencia escuchamos que el sistema capitalista es la causa principal del cambio climático. En definitiva, hay mucha verdad en dicha afirmación. Nuestros modelos de desarrollo, que en general provienen de un paradigma capitalista, sin duda son perjudiciales para el medio ambiente. Sin embargo, también hay señalar que, en el siglo XX, el socialismo causó mucho daño al medio ambiente tanto como el capitalismo. Porque en cualquier extremo del espectro político, el paradigma era productivista: el capitalismo se trataba de producir más para acumular más riqueza y el socialismo se trataba de producir más para distribuir más riqueza. Por lo tanto, en ambos casos encontramos una visión productivista del desarrollo —donde se busca de forma constante más producción y más crecimiento— aunque sea por diferentes razones y medios. Así pues, la causa principal de la catástrofe climática a la que nos dirigimos no es el capitalismo per se, sino el productivismo.

Sobra decir que se puede brindar un argumento legítimo en el que el capitalismo sin productivismo es imposible, pero mi argumento se mantiene: si se aprueba un modelo socialista con un paradigma productivista, se seguiría acelerando el cambio climático. Con respecto a nuestros modelos de desarrollo, si aspiramos a evitar una catástrofe climática, debemos cambiar las dinámicas subyacentes del productivismo, lo que implica una transformación y no solo una alteración cosmética tal como, por ejemplo, el aumento del gasto público en reforestación mientras las mismas dinámicas productivistas se mantienen en las industrias de combustibles fósiles. Sin embargo, para ser claro, no estoy afirmando que la transformación en este ejemplo vaya en contra de la producción y el crecimiento, sería tanto absurdo como, me atrevo a decir, peligroso creer eso. Sin embargo, en el contexto del cambio climático la transformación combinaría la producción con una «sobriedad feliz», en palabras de Pierre Rabhi; uniría el crecimiento en ciertas áreas con el decrecimiento en otras y equilibraría la prosperidad material con el bienestar ecológico. Para mayor claridad, aquí hay otro ejemplo: nuestros países continúan siendo en gran medida exportadores netos de materias primas o de materias primas intermedias en el mejor de los casos. La reforma consistiría en medidas para producir o extraer más materias primas para la exportación, incluso a través de la importación y el uso de tecnología para una producción más eficiente. La transformación consistiría en la construcción de un ecosistema y una cadena de suministro para garantizar la exportación de materiales procesados con valor agregado en el país, incluso a través del desarrollo de tecnologías endógenas.

Una vez aclarada la distinción entre reforma y transformación, así como las razones por las que aspiramos a esta última, puedo abordar la parte sobre la movilización, aunque de manera breve, ya que me resulta evidente. Dado que la transformación supone un cambio fundamental en las dinámicas, lo que implica una modificación radical del sistema, no se puede simplemente decretar como podría ser el caso con una reforma. Se puede emitir un decreto que prohíba la exportación de materias primas. No se puede decretar la industrialización de alto valor agregado. En otras palabras, la transformación requiere de una acción colectiva. A modo de paréntesis, para mayor claridad, cuando hablo de acción colectiva, no me refiero a «muchas personas haciendo lo mismo y al mismo tiempo», sino a una lucha coordinada, multifacética y con propósito. En otras palabras, para lograr la industrialización de alto valor agregado, se debe movilizar sectores y personas.

Para continuar con el mismo ejemplo y hacerlo más preciso, a fin de ilustrar la movilización de manera amplia y parcial, podemos señalar el caso de un país productor de café que exporta principalmente granos verdes, como ocurre en la mayoría de nuestros países productores de café. Y supongamos que este mismo país tiene un consumo doméstico limitado de café, como ocurre en algunos de nuestros países. La transición hacia la exportación de café procesado, ya sea en cápsulas u otras presentaciones, en lugar de granos verdes, requeriría una serie de acciones coordinadas. Las que incluyen, pero no se limitan a, la emisión de políticas que incentiven el procesamiento del café y desincentiven la exportación de granos verdes por parte del ministerio a cargo de la economía e industria; la transformación gradual del modelo de negocio de los actuales exportadores de café en grano verde hacia la adición de valor y el fomento del consumo en el país; la inversión en plantas de procesamiento y envasado de café por parte del sector privado; el financiamiento bancario para esta producción; la disponibilidad de cursos de tostado y mezcla de café por parte del sector de educación técnica y vocacional; el consumo de más café en el país para apoyar a la producción nacional; la concienciación a los consumidores en el extranjero sobre la importancia de adquirir café procesado en el país de origen, lo que generaría más ingresos para los productores en comparación con el café procesado en Europa, incluso si cuentan con certificación Fairtrade y así sucesivamente.

Por otro lado, en el caso de reformar el sector del café mediante la eliminación de restricciones a la importación de tecnología para mejorar el rendimiento de los granos verdes destinados a la exportación o para facilitar las exportaciones directas sin intermediarios, solo se requiere la participación de un grupo reducido de partes interesadas para emitir la política correspondiente. En resumen, la transformación necesita la participación, en diversas maneras, de numerosos actores que no todos son interesados directos y cuyas acciones se realicen de forma sinérgica. La reforma solo necesita dos tipos de actores: los gobiernos que emiten la política y los interesados directos que se ven afectados por la nueva política. Por esta razón, afirmo que, sin movilización, la transformación no es factible.

Por último, para abordar el aspecto de los sueños en esta fórmula, por así decirlo, seré conciso porque considero que ya lo he explicado antes en nuestra conversación y me centraré en su relación con la movilización y la transformación. Una lucha coordinada, multifacética y orientada a un propósito solo puede considerarse colectiva si sus miembros se sienten unidos, o al menos conectados, más allá de intereses transaccionales a corto plazo, por algo que es —como mencioné antes— más grande que cualquiera de ellos por separado, por algo que los trasciende. La única causa por la que alguien se movilizaría de forma continua sería para contribuir a la materialización de una aspiración mayor.

Retomando el ejemplo del café, no basta con que un producto sea asequible para que una población comience a consumirlo; no es suficiente con que se levanten las restricciones a la importación y se otorguen beneficios fiscales para que una empresa asuma el riesgo de invertir en una industria de procesamiento y encapsulado de café que no existe; tampoco basta con la disponibilidad de cursos de formación técnica y vocacional en mezcla y tostado de café para atraer a una cantidad importante de jóvenes a seguir esta carrera y podría seguir enumerando ejemplos. Sin embargo, la conciencia de contribuir a la edificación del país, al logro de la prosperidad compartida entre todos los hijos de la nación o a la materialización de un desarrollo auténtico constituye una fuente de movilización. El ejemplo está incompleto porque un sueño debe ser mucho más amplio que un solo sector, pero creo que he transmitido la idea. En otras palabras, el sueño compartido de un futuro mejor, más justo, más orgulloso —tanto para uno mismo como para su familia, amigos y país— invita y estimula la movilización, es decir, la acción concreta para hacer realidad esta visión. Por esa razón afirmé que sin sueños no puede haber movilización y —como expliqué antes— sin movilización no puede haber transformación.

Solo agregaría un elemento adicional a todo lo que acabo de decir. Porque la frase «sin sueños no puede haber movilización y sin movilización no puede haber transformación» da la impresión de que el proceso es lineal, cuando en realidad es cíclico. Es decir, también es cierto que sin transformación no puede haber sueños, sin sueños no puede haber movilización, sin movilización no puede haber transformación y así sucesivamente. Soy consciente de que esto puede parecer complicado o confuso; sin embargo, lo que quiero decir es que para que un sueño sea un sueño debe ser capaz de generar transformación. Dado que la reforma es solo una alteración cosmética de la realidad, se conforma con el presente, con el hoy, al que solo desea añadir, modificar un poco o ajustar un poco. La transformación está insatisfecha con el presente, con el hoy, y se preocupa por el futuro, por el mañana, al que quiere dar a luz ayer. Nadie se acuesta soñando con equilibrar los presupuestos del gobierno —pueden considerarlo necesario, pueden desear que suceda, pero no es lo que sueñan en la intimidad de su hogar. La reforma es incapaz de construir sueños, solo la transformación puede hacerlo.

Entrevistador: Estas son nociones poderosas. Me gustaría retroceder y retomar la diferencia que establece de forma constante entre la caridad y la solidaridad. ¿Podría ampliar esa idea? ¿Guarda alguna relación con lo que hemos estado conversando?
 
Secretario General:Como he mencionado en reiteradas ocasiones en el pasado, la solidaridad es horizontal dado que se practica entre iguales, mientras que la caridad es vertical dado que se practica por los poderosos hacia los desfavorecidos. Además, la caridad conlleva varios problemas. En primer lugar, debido a su naturaleza vertical, resulta casi deshumanizante, o al menos incómodo, para la persona que se ve obligada a recibirla a pesar de las buenas intenciones. Porque nadie debería ni quiere depender de la compasión o de los sentimientos generosos de los demás. En segundo lugar, la caridad funciona como un anestésico para aliviar un mal solo de manera temporal. La solución de la caridad al problema de la pobreza es: «Me aseguraré de que los pobres no pasen hambre», nada más y nada menos. No le importa que vivan, que puedan emanciparse y tampoco contribuye a un entorno donde tengan oportunidades para ganarse la vida. No, la solución de la caridad al problema de la pobreza no es garantizar que los pobres puedan vivir, solo que puedan sobrevivir. Por otra parte, la solidaridad, a pesar de abordar las necesidades inmediatas de los pobres, proyecta sus acciones actuales dentro de un objetivo a largo plazo que, como mínimo, busca erradicar la pobreza, si no construir una prosperidad compartida. Por lo tanto, cuando afirmo que la solidaridad como alternativa a la caridad es horizontal y se establece entre iguales, significa que uno está dispuesto a sacrificar parte de su propia comodidad por el bien de los demás. Porque tu bienestar es el mío también. Porque somos parte de una sociedad, una comunidad y un colectivo. La caridad es dar lo que sobra: la solidaridad es compartir la comida. La caridad se centra en ti, el necesitado, y yo, el que da: la solidaridad se trata de nosotros, la comunidad cuyos miembros se apoyan mutuamente. La caridad es un acto de generosidad, la solidaridad es un acto de justicia.
 
Entrevistador: En base a nuestra conversación, asumo que la solidaridad está vinculada de forma inherente a la integración regional.
 
Secretario General : Es cierto, pero en realidad, la solidaridad está vinculada a todo lo que hacemos. Cada uno de nuestros objetivos en la OCS está impregnado de solidaridad. Porque la solidaridad no consiste en hacerte un favor. La política pública para reducir y eliminar la pobreza no consiste en hacerte un favor. Al ayudarte, estamos beneficiando a la sociedad en su conjunto. Porque al final, todos viviremos mejor porque tú vives mejor también.
 
Esto me lleva, de forma indirecta, a la importante conversación sobre el individuo versus el colectivo, un tema que está muy presente en la Declaración Universal de la Educación Equilibrada e Inclusiva. La Declaración hace repetidas referencias al colectivo, pero también se refiere al individuo, no tiene una posición maniquea. En el pasado, existieron sociedades en las que el colectivo era soberano, tanto que el individuo se sentía sofocado. En la actualidad, con excepciones que confirman la norma, vivimos en sociedades individualistas donde el individuo es soberano, tanto que el colectivo se diluye. Hoy en día, nuestro propósito desde el Sur, con una tercera vía de desarrollo, es crear una sinergia precisa entre las soberanías individuales y colectivas. No buscamos el colectivo que sofoca al individuo ni el individuo que diluye al colectivo. Hoy queremos un colectivo que está compuesto por individuos. La Declaración expresa, en un momento, que el individuo tiene derecho a existir y a pertenecer, pero también el derecho a ser y a ser diferente. Existir y pertenecer y ser y ser diferente. Ese es el tipo de sociedad al que aspiro. En diferentes momentos y de diferentes maneras, el individuo debe sacrificarse por el colectivo y el colectivo debe sacrificarse por el individuo. Estos son algunos de los principios generales a través de los cuales percibo el mundo y se pueden aplicar de la misma manera en la unidad familiar y a un país, así como en la integración regional, en el Sur y en la humanidad.

قريبا

Très Prochainement

Pronto