¿Por qué el Gran Sur?

En este diálogo, el Secretario General aborda la noción del Gran Sur —su origen, su fundamento y su relevancia— a fin de comprender la necesidad de una nueva forma de multilateralismo que se basa en la igualdad, la equidad, la solidaridad y la cooperación mutua para abordar los desafíos de desarrollo y las amenazas planetarias de nuestra era. Señala que el término Gran Sur permite liberarse de restricciones geográficas falsas o arbitrarias al reconocer la existencia de un Sur en el Norte y un Norte en el Sur.
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Entrevistador: ¿Por qué el Gran Sur?

Secretario General: Considero que primero debemos preguntarnos: «¿Por qué el Sur?», antes de abordar el significado y el fundamento del Gran Sur. El discurso de desarrollo internacional que hemos escuchado a través de los años se dirige a los países que en el pasado se clasificaban como el «Tercer Mundo» y luego como «subdesarrollados» o «en desarrollo». En la actualidad, en general, debido al extenso empleo de los organismos multilaterales, dichos países ahora se conocen como del Sur o del Sur Global.

Entrevistador: ¿Es el término «Sur Global» una categoría de los organismos multilaterales?

Secretario General: Sí y no. Quizás en el inicio no lo era, pero sin duda es un término que los organismos multilaterales han empezado a usar en un sentido más general, además de las categorías más específicas como ingresos bajos, ingresos medios, entre otros. Sin embargo, en general, se podría argumentar que «Sur Global» es un término que los organismos multilaterales han hecho popular. De cualquier modo, en el transcurso de la historia, el discurso de desarrollo internacional se ha dirigido a esos países; es un discurso para, pero no surge de o nace en, el Sur Global. Por lo tanto, creo que sería interesante dar un ligero paso atrás y retroceder en la historia para considerar la perspectiva de esos países que conforman la mayoría del mundo.

Estos países que han surgido —en diferentes épocas; sin embargo, la mayoría en el siglo XX o incluso antes si consideramos que América Latina ya había sido colonizada— del colonialismo y en un mundo que en ese entonces, para la mayoría de ellos, era el siglo XX; es decir, dentro de un orden mundial bipolar. Al liberarse del colonialismo en ese contexto, se dieron cuenta de que necesitaban su propio espacio con la Conferencia de Bandung en 1995 y la posterior fundación del Movimiento de Países No Alineados en 1961. Considero que explicar la creación de ese movimiento para limitarlo a su contexto histórico de un orden mundial bipolar sería reduccionista y simplista. Por supuesto, el nombre del movimiento en sí podría brindar una impresión equivocada de que su único objetivo era afirmar su neutralidad con respecto a Estados Unidos, el bloque capitalista, y la Unión Soviética, el bloque socialista.

Sin embargo, en la práctica, desde los inicios del movimiento, era claro que la mayoría de los países pertenecientes al movimiento tenían vínculos cercanos a la Unión Soviética o a Estados Unidos. Por razones ideológicas, tenían vínculos con el capitalismo o el socialismo. Por lo tanto, asumir, debido a su nombre, que no alineado, entendido como neutralidad, era su único propósito es una interpretación errónea de la historia y del movimiento. Mi posición es la siguiente: cuando se leen algunas de las declaraciones conjuntas de las Cumbres del Movimiento de Países No Alineados de esa época es evidente que los países miembros, después de emerger del colonialismo en el contexto de la rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos, se dieron cuenta de que el orden mundial bipolar no respondía a sus intereses de desarrollo.

Y dado que el orden mundial establecido por las dos superpotencias no respondía a sus intereses de desarrollo, se unieron para crear un tercer orden mundial que, de hecho, respondería a sus aspiraciones. Al menos esa era la intención. Por otro lado, los logros del Movimiento de Países No Alineados no fueron numerosos, en parte debido a su naturaleza como un movimiento sin secretaría permanente y sin instituciones que trabajen diario para implementar las declaraciones. Se convirtió de manera inevitable en una conferencia en la que, cada tres años, los países podían coordinar posiciones, lo cual es importante, pero aun así no cumplía con la ambición inicial.

El fenómeno más interesante, más allá de la evaluación de los resultados, es que el mundo bipolar desapareció, pero el Movimiento de Países No Alineados sobrevivió. En cierta medida, esto confirma lo que mencioné antes: el movimiento nunca se limitó a la no alineación con respecto a ninguno de los bloques. Y aunque no estoy seguro de que hoy todavía sea un propósito consciente del Movimiento de Países No Alineados, la creación de un orden mundial diferente sigue siendo sin duda una aspiración subconsciente, lo que explica su longevidad. Quizá se pregunta, ¿por qué el Sur comienza allí? Porque el orden mundial actual, el discurso de desarrollo internacional, y —debe mencionarse— la industriaque se ha construido alrededor de ese propósito de desarrollo, incluso con las mejores intenciones —así como en el caso de muchas ONG—, todavía no responden a nuestros intereses auténticos en el desarrollo como países.

Aún existe la necesidad de forjar alternativas genuinas, lo que nos conecta como países que, por lo demás, son muy diversos. Ese es mi primer argumento para explicar nuestro enfoque en cooperación Sur-Sur y para responder la pregunta de «¿por qué el Sur?». Todavía no hemos comenzado a abordar el «Gran Sur». Mi segundo argumento corresponde a las relaciones entre el Norte y el Sur. Porque nunca he considerado que la cooperación Norte-Sur sea innecesaria o indeseable. En mi opinión, sería una locura declarar algo así y aún peor creerlo. No obstante, en cuanto a este tema, tengo dos argumentos secundarios: primero, debemos establecer la naturaleza, los objetivos, de la cooperación Norte-Sur.

Entrevistador: Sin duda, es decir, ¿en qué condiciones se lleva a cabo esta cooperación?

Secretario General: Por supuesto. Al respecto estoy a favor de que debe ser una cooperación genuina, lo que implica dos partes en igualdad de estatus, pero también con equidad en la relación, basada en un espíritu de solidaridad —que se practica de manera horizontal— en lugar de caridad —que se practica de manera vertical. Sin embargo, en la situación actual, cualquier persona del Sur, ya sea o no parte del gobierno, sabe que esto no sucede así, pues las relaciones con el Norte son inherentemente desiguales, a menudo inequitativas y —cuando se considera a las organizaciones de la sociedad civil con buenas intenciones— a lo sumo caritativas. La pregunta entonces es, ¿cómo abordamos este problema? Mi perspectiva es que la única manera de lograr una cooperación auténtica y genuina —lo que la Declaración Universal de la Educación Equilibrada e Inclusiva describe como «asociaciones beneficiosas mutuamente y de iguales»— es mediante el colectivo del Sur para restablecer el equilibrio en la relación desequilibrada entre el Norte y el Sur.

Mi segundo argumento secundario es que para que la cooperación Norte-Sur sea eficiente y efectiva y para que responda a nuestros intereses de desarrollo —para no solo repetir una dinámica injusta de dependencia eterna— debemos cooperar de manera más amplia, más sostenible y más profunda entre los países del Sur como condición previa. Lo considero como una condición previa porque en el Sur compartimos realidades, ambiciones y desafíos que no existen en el Norte. Esto también significa que tenemos conocimiento, experiencia y experticia en estos temas que el Norte no tiene, incluso cuando algunos intentan darnos lecciones sobre estos asuntos. Como ejemplo, el tema de la diversidad, la necesidad de respetar la diversidad. En este caso, el Sur ha sido históricamente, y sigue siendo, mucho más diverso, incluso dentro de las naciones, que los países del Norte. Poseemos conocimientos endógenos milenarios sobre diversidad.

Pero en términos más concretos y técnicos, para que no se diga que estoy haciendo sofismas, observemos el caso del sistema educativo. Sabemos hoy en día —dejando de lado por el momento el compromiso en la DUEEI y en otras declaraciones que la preceden, puesto que no fuimos los primeros en reconocer esto— que la mejor forma de inclusión como base, digo como base ya que hay otras dimensiones, para las cuales también abogamos, es la educación en la lengua materna. Más allá de los innumerables estudios que lo han demostrado, esto tiene simplemente mucho sentido. Muchos estudiantes que llegan a la escuela tienen el doble desafío de aprender el contenido y también el idioma en el que reciben las lecciones, lo que resulta en calificaciones bajas.

Es comprensible que para muchos de ellos esto también resulta en alineación y rechazo. Hasta el punto en que algunos podrían desarrollar un complejo de inferioridad, pues creen que no son capaces o deben repetir años hasta que sus padres, tal vez, lleguen a la conclusión de que no están hechos para los estudios académicos. Incluso para aquellos que logran terminar su educación, podrían obtener resultados en sus evaluaciones que son inferiores a los de sus compañeros que están aprendiendo en su lengua materna, de manera que se exacerba o reproduce la injusticia preexistente en lo que respecta a la educación superior o la empleabilidad.

Ya conocemos este hecho y, por lo tanto, reconocemos de manera colectiva la necesidad de la educación en la lengua materna para abordar —más allá del formalismo de los principios, pero también por razones pragmáticas— la reproducción social de la desigualdad mediante la educación. Este es un tema de particular interés en el Sur: América Latina y el Caribe, África, Asia. ¿A qué se debe? En Filipinas se hablan más de 120 idiomas, en Nigeria se estima que son más de 630 y en Bolivia la constitución reconoce oficialmente 37. Esta extraordinaria y hermosa diversidad es, a la vez, un gran desafío para un sistema educativo, en general centralizado, pero incluso cuando no lo está, debido a la complejidad técnica no solo de brindar una educación de igual calidad en todos esos idiomas, sino también de preservar un idioma y una cultura nacionales como fuente de unidad.

Después de todo, aunque mantenemos nuestro compromiso inquebrantable con el reconocimiento y el respeto de la diversidad cultural, no se desea la sedición o el aislamiento culturales. También está el problema de los recursos, además de la complejidad técnica: ¿cómo publicar el contenido pedagógico, el material pedagógico y los libros de texto en todos estos idiomas? ¿Cómo capacitar a los docentes en todos estos idiomas? ¿Y cómo hacerlo con los mismos niveles de calidad, ya que claramente la traducción automatizada no es una opción? El discurso de desarrollo y, en continuación de este ejemplo, el discurso internacional de la educación siguen siendo muy eurocéntricos o centrados en el Norte. Estamos cegados por los ejemplos educativos del Norte.

Esto no significa que no hay mucho que aprender; por ejemplo, los modelos educativos escandinavos y nórdicos. Pero debemos tener la lucidez para entender que tenemos nuestras propias peculiaridades, que van más allá de la financiación. En los países del Norte, la realidad de la diversidad lingüística no existe en absoluto o no existe en el mismo nivel o alcance. Tienen una diversidad que incluye como máximo dos o tres, quizás cuatro idiomas, y, en cualquier caso, casi todos hablan el mismo idioma que es su lengua materna. Incluso en el caso de un país como Francia, que históricamente ha tenido, de hecho, una considerable diversidad lingüística, prácticamente todos los ciudadanos franceses consideran al francés, y no su idioma regional, como su lengua materna. Este no es nuestro caso.

En consecuencia, podemos aprender lo que queramos de esos sistemas o los modelos educativos nórdicos, pero simplemente no tienen los mecanismos para responder a ese desafío, para transformar el desafío en una riqueza para la sociedad, porque no es la realidad que enfrentan. Por otro lado, Filipinas tiene experiencias e iniciativas respecto a la educación en la lengua materna. Nigeria también tiene experiencias e iniciativas al respecto, al igual que Bolivia. Aunque las iniciativas puedan no ser completamente exitosas, se puede aprender también de sus errores. La colaboración entre Bolivia, Nigeria y Filipinas, por ejemplo, se vuelve indispensable y es la condición previa para cualquier cooperación real Norte-Sur en términos de inclusión educativa, porque sin esta base, nuestros esfuerzos solo beneficiarán a unos pocos privilegiados.

Ese es el segundo argumento secundario que mencioné en mi segundo argumento sobre el fundamento del Sur. El primer argumento era que el orden mundial actual no sirve a nuestros intereses de desarrollo como países y nuestro reconocimiento común de la necesidad de alternativas genuinas nos une en el Sur. El segundo argumento se refería a las relaciones entre el Norte y Sur, que dividí en dos argumentos secundarios. El primero era que, para lograr una cooperación auténtica entre iguales, debemos actuar como un colectivo (el Sur) para volver a equilibrar las relaciones con el Norte. El segundo argumento secundario era que compartimos algunos desafíos y aspiraciones que hacen que la cooperación entre nosotros no solo sea deseable y necesaria, sino también una condición previa para cualquier cooperación efectiva Norte-Sur.

Llego al tercer argumento para explicar «¿por qué el Sur?», antes de llegar al «Gran Sur». El tercer argumento está vinculado de manera estrecha con los dos anteriores. Además de analizar el orden mundial y los modelos de desarrollo que se han promovido e implementado por el Norte, que todavía estamos tratando de implementar y que no sirven a nuestros intereses de desarrollo, ahora sabemos que son modelos de desarrollo que no solo no responden a nuestros intereses de desarrollo, sino que también —esta es la diferencia principal en comparación con la fundación del Movimiento de Países No Alineados— no sirven a los intereses del Norte desde una perspectiva macro. Porque este orden mundial y estos modelos de desarrollo nos están llevando a una crisis climática, una catástrofe climática; es decir, están llevando al mundo al borde del colapso.

Entrevistador: Supongo que también han demostrado las crisis financieras globales y que todavía estamos sufriendo a causa de esas crisis.

Secretario General : Sin duda, pero algunos podrían decir, sobre todo los economistas ortodoxos, que es un ciclo natural necesario y que, a pesar de esas crisis, es la mejor opción disponible. Si bien no estoy completamente de acuerdo con esta valoración, el debate se torna ideológico y subjetivo. Mientras que yo busco presentar mi tercer argumento observando los datos objetivos. Podemos estar en desacuerdo sobre lo que es moral o inmoral, lo que es correcto o incorrecto, y podemos priorizar de forma diferente con nuestras respectivas razones subjetivas para hacerlo. Pero no hay debate sobre los datos objetivos y científicos que giran en torno a los cuales se ha logrado un consenso casi universal. A este respecto, ahora sabemos, por primera vez en la historia, de manera objetiva, que estos modelos no sirven a los intereses de nadie a largo plazo.

Pero además de la crisis climática, la catástrofe climática, a la que estos modelos nos están llevando, en términos objetivos, con la crisis de la COVID-19 también vimos la vulnerabilidad de estos modelos. Hemos sido testigos de una crisis en el Norte en cuanto a las mascarillas y la producción necesaria para garantizar el equipo de protección personal y enfrentar la crisis en general. En ese momento, muchos de estos países hablaban de la reindustrialización. Sin embargo, ese es un tema aparte. Lo importante es que ha llegado el momento de construir alternativas auténticas, porque estos modelos no solo no sirven a nuestros intereses en el Sur, sino que también ponen en peligro el futuro de la humanidad como tal. Y tales alternativas solo pueden construirse desde el Sur. ¿Por qué? No porque de alguna manera creamos que el Norte ha fallado y que ahora es nuestro turno de aventurarnos, eso sería infantil y no es mi objetivo. Sino porque, en el contexto de la crisis climática, por ejemplo, sabemos que, en el Norte, antes de construir una alternativa genuina, los modelos existentes tienen que someterse a una deconstrucción considerable. Y lo que en la historia ha sido una desventaja y una tragedia para nuestros pueblos hoy se convierte en una ventaja en el sentido de que tenemos que deconstruir mucho menos y podemos enfocarnos en la construcción.

Una vez más, me apoyo en el ejemplo de la crisis climática porque es el más objetivo de todos y encuentra menos debate, pero tampoco limito el fundamento a este tema. En resumen, estos tres amplios argumentos juntos constituyen mi respuesta a la pregunta inicial: «¿por qué el Sur?». Considero que ahora estamos en una posición de abordar su pregunta actual: «¿por qué el Gran Sur?», un término que comencé a usar de forma gradual, primero, al proponerlo en nuestro programa, donde fue inscrito por la Asamblea General y luego en algunas de mis intervenciones. En primer lugar, porque el término «Sur Global» me produce un profundo descontento. Debo reconocer que lo he utilizado de manera prolífica en el pasado y que todavía lo utilizo en muchos casos en la actualidad. Pero solo es porque es el término más popular y facilita la conversación. Me permito usarlo menos si sé que tendré tiempo para explicar por qué no uso esa terminología.

Mi descontento con «Sur Global» es —y esta descrito en mi primer argumento sobre por qué el Gran Sur— que uno debe darse cuenta de que el lenguaje que usamos moldea nuestra perspectiva del mundo e influye en nuestra interpretación del presente. Y para construir alternativas, necesitamos términos que sirvan ese propósito. Recuerdo un diálogo grabado entre Chomsky y Foucault, en el cual Foucault, hablando con el moderador, dice —y estoy parafraseando— «Admiro mucho la aspiración y determinación del señor Chomsky de construir sociedades más iguales y justas, pero creo que antes de involucrarnos en esta construcción, debemos identificar los centros de poder y criticarlos. Cuando mencionamos a los centros de poder, pensamos en lo militar, la policía, las fuerzas que pueden usarse de manera represiva por el sistema estatal, pero el poder real no se encuentra allí, sino en la universidad, la cultura, el arte, etcétera. Si no criticamos primero estos centros de poder para deconstruir las dinámicas de poder que contienen, al construir la nueva sociedad, corremos el riesgo constante de reproducir estas mismas dinámicas, de una manera diferente, en la sociedad del futuro».

Del mismo modo, me gustaría que hagamos lo mismo con nuestra idea del mundo y, en este caso, me parece que el término Sur Global esconde ciertas ideologías. Y si no desvelamos estas ideologías que el propio término esconde, ¿cómo vamos a criticarlas? Y si no podemos criticarlas, ¿cómo vamos a deconstruir las dinámicas de poder que contienen? Y si por lo tanto la deconstrucción de estas dinámicas de poder no es posible, entonces ¿cómo vamos a construir las auténticas alternativas a las que aspiramos? Señalo que Sur Global esconde ciertas ideologías porque da la impresión de una categoría que se basa en la geografía o algo objetivo. Sin embargo, según la geografía, Australia se encuentra en el Sur, pero nadie considera a ese país como parte del Sur. Cuba y México están geográficamente en el Norte; sin embargo, nadie los considera como parte del Norte.

Por lo tanto, sin duda, existe una ideología oculta o por lo menos no identificada. En consecuencia, debemos empezar a usar otros términos con el fin de no interpretar de forma errónea nuestra realidad o desviar nuestros esfuerzos. Sobra decir que he escuchado alternativas que considero insatisfactorias de manera similar. Por ejemplo, «el mundo en desarrollo» o «países en desarrollo» es sumamente problemático porque primero debemos definir qué es el desarrollo. Cuando se habla de en desarrollo, en oposición a los países desarrollados, la implicación es que uno debe convertirse en algo similar a los países desarrollados para alcanzarlos, por así decirlo, y lograr el estado actual de esos países desarrollados. Sin embargo, sabemos, de forma objetiva, que no podemos hacerlo, porque si usara una varita mágica para que todos vivan como un suizo o un texano, el planeta se desintegraría. Si pudiera hacerlo, el mundo terminaría en un instante, dado que los modelos de desarrollo son, una vez más, ecológicamente insostenibles.

Por lo que «en desarrollo» como término no es útil. La otra alternativa que he escuchado es el «mundo mayoritario». Y tiene el mérito de evidenciar lo evidente, que a menudo se olvida, que la mayoría del mundo es lo que ahora se llama Sur Global y que tiene una voz minoritaria. Pero, en última instancia, ¿qué es lo que el término implica? ¿Qué virtud o vicio, qué visión del mundo contiene? Me parece poco fructífero para nuestros objetivos, más allá del recordatorio inicial de que nuestros países constituyen la mayoría del mundo. Por supuesto, un término que me gusta bastante, aunque quizás sorprenda, es «Tercer Mundo». Porque para mí, «Tercer Mundo» no significa que haya un primer mundo, un segundo mundo y que estemos en tercer lugar. Tampoco es solo una referencia al orden bipolar del siglo XX que ya no existe. No, para mí, «Tercer Mundo» como término implica la construcción de una alternativa, desde el Tercer Mundo, por el Tercer Mundo, pero para la humanidad. Anuncia una tercera vía. También aprecio el uso de la palabra mundo, porque un mundo implica diversidad y diferentes dinámicas.

Entrevistador: La palabra «mundo» implica humanidad, mientras que «planeta» no. Es decir, sugiere la existencia de mundos posibles y que no hay una única verdad.

Secretario General:Por supuesto. Sin embargo, el término «Tercer Mundo» lleva consigo una carga muy negativa de connotación despectiva en el imaginario colectivo, de manera injusta a mi parecer. Y uno podría luchar para cambiar la percepción de ese término, pero creo que uno tiene que elegir sus batallas y esta quizás no sea la más relevante en la actualidad. Por lo tanto, comencé a usar el término «Gran Sur» como una idea, que es en parte geográfica, pero también está íntimamente vinculada a los argumentos que planteé con anterioridad sobre la necesidad de un orden mundial que atienda a los intereses de desarrollo del Sur y sirva de forma simultánea al interés de la humanidad en su conjunto, incluso al Norte. Una vez más, para bien o para mal, estamos en el mismo barco.

Considerando lo anterior, el término Gran Sur permite que nos emancipemos un poco de esa falsa limitación geográfica, o arbitraria en su defecto, para incluir también al Sur del Norte y reconocer que hay un Norte en el Sur, pero ese es otro tema. ¿A qué me refiero con el «Sur del Norte»? Pertenecer al Gran Sur —con todo lo que he mencionado— no solo implica pertenecer a una región geográfica, sino a un marco, a un movimiento diverso, pero que se dirige hacia una transformación de la sociedad y el mundo. Es decir, pertenecer a un grupo de personas insatisfechas con el orden mundial. Es aquí donde el Gran Sur en teoría hoy, y efectivamente en su momento, incluye movimientos como los de los derechos civiles y los sindicatos de trabajadores, entre otros, en el Norte. Por lo tanto, el Gran Sur propone de forma acertada una nueva forma, una nueva interpretación del mundo basada en todo lo que acabo de decir. A pesar de ser extensa, espero que mi respuesta haya sido clara.

Entrevistador: ¿Entonces, es un término inclusivo en realidad?

Secretario General : En definitiva, es un término inclusivo, pero no sacrifica el recorrido y la dinámica hacia nuestro destino; es decir, la transformación y la construcción de alternativas auténticas en aras de tener la mayor cantidad de personas posible a nuestro favor.

Entrevistador: ¿Porque desafía las dinámicas de poder que están presentes en las relaciones, no solo en las relaciones entre el Norte y el Sur geográficos, sino también dentro de ellas?

Secretario General: Si, en cierto sentido. Nuestra postura es que las dinámicas de poder injustas y las dinámicas de injusticia son siempre las mismas. Se reflejan de manera diferente en diferentes contextos, pero las dinámicas subyacentes, entre líneas, son siempre las mismas, ya sea en los derechos de las mujeres, los derechos de las minorías, los derechos de los trabajadores o, de hecho, en las disparidades interestatales o interregionales que deben superarse. Las dinámicas de injusticia son siempre las mismas. Así que esos movimientos contra la injusticia en el denominado Norte también están, desde una perspectiva amplia, contribuyendo a la misma causa.

Entrevistador: Me gustaría retroceder un poco, quizás a algo que está relacionado con esta última parte. En la primera parte de esta conversación, usted mencionó a los modelos de desarrollo del Norte, en particular cómo no son útiles para el Sur y está claro que tampoco lo son para el Norte, si consideramos la sostenibilidad ambiental, por ejemplo, y al analizar otras formas de marginalización que podrían estar relacionadas con el género, el racismo y así sucesivamente. Lo que me pregunto es si en algún momento hubo un cambio, una ruptura entre los modelos de desarrollo del Norte y las fórmulas del Norte para el Sur, que no replican el modelo de desarrollo del Norte. En su lugar, parecen ser fórmulas, por así decirlo, favorables para los modelos del Norte. Por ejemplo, en la década de 1990, la fórmula del Norte para el Sur era que todo debía ser privatizado, lo cual no sucedió ni sucede en el Norte.

Secretario General : Ese es un punto muy válido con el que estoy totalmente de acuerdo. De hecho, sería imposible que el Sur replicara el modelo utilizado por el norte, sin considerar el problema de los recursos, o más bien no, ya que los recursos están en el centro de todo. ¿Por qué? Porque no es en la democracia, como se afirma a menudo, que se logró la prosperidad en el Norte. La prosperidad en el Norte no se debe a la democracia. Es la explotación. En otras palabras, si el Sur tuviera que adoptar exactamente el mismo modelo, nos veríamos obligados a convertirnos en países colonizadores, explotando naciones, aprovechándonos de las personas, saqueando recursos y convirtiéndonos en esclavistas. En este último argumento, como paréntesis, es por desgracia cierto, y de la manera más trágica y despreciable, que la esclavitud ha sido una realidad a lo largo de la historia y en todas las regiones del mundo.

Hubo esclavos africanos en África, esclavos africanos en el mundo árabe y esclavos árabes en el mundo árabe yesclavos en imperios indígenas en América Latina. Y en el Norte, están ansiosos por recordarnos eso cada vez que se menciona la esclavitud. Es una mancha lamentable en el pasado de cada cultura, de cada nación, y una mancha que debemos reconocer. Sin embargo, lo que hizo el Norte, lo que nunca se había hecho en la historia, fue convertir la esclavitud en una verdadera industria, la industrializó. A partir de esa industria —el colonialismo es en realidad una extensión de esa dinámica— construyó su riqueza y opulencia. En efecto, Europa, que más tarde se transformaría en el Norte para incluir a Estados Unidos, es, en palabras de Fanon, en esencia la creación del Tercer Mundo. Durante siglos, los recursos como textiles, minerales, oro y café han sido exportados a Europa, enriqueciéndola en prosperidad. Incluso los países de Europa que no tenían colonias se beneficiaron en gran medida de la colonización y el comercio de esclavos, ya que construyeron riqueza en y a partir de los llamados «mercados» administrados por las grandes potencias coloniales.

Entrevistador: Lo cual no se considera como deuda.

Secretario General : Según la lógica del sistema actual, uno sería considerado poco razonable por llamarlo así. Con el colonialismo, los recursos del Sur no solo fueron llevados a Europa, sino que también nos los vendían de vuelta, procesados y con un valor añadido. Notarás que las dinámicas no han cambiado por completo. Pero volviendo al argumento principal, como conclusión, para nosotros sería imposible e inmoral adoptar los modelos reales que llevaron al Norte a su prosperidad actual.

Entrevistador: Entonces, ¿no fue el capitalismo el que condujo a la riqueza?

Secretario General : Bueno, además de la esclavitud industrializada y el colonialismo, crearon otros modelos como el capitalismo y, finalmente, el neoliberalismo. Sin embargo, eso no representa del todo el proceso de desarrollo de Europa y América del Norte; estos factores pudieron haber aumentado su riqueza y acelerado su progreso, pero eso es todo. Y, por supuesto, los modelos que nos han propuesto casi de forma sistemática desde entonces son aquellos que facilitan que sus propias industrias, sus propias empresas, vengan a nuestros países a invertir en nuestros sectores estratégicos y replicar, en cierto modo, la misma dinámica extractiva del colonialismo.

Entrevistador: A los cuales regresan…

Secretario General: Hay un ejemplo que suelo mencionar para ilustrar mi argumento, pertenece a un artículo publicado en The Guardian en 2016 o 2017, y aunque tendría que verificar las cifras exactas debido a que han pasado tantos años desde que lo leí, el artículo demostró que mientras el Sur recibía en un año dado más de 1 billón de dólares en flujos financieros, incluida la ayuda y las inversiones, más de 3 billones de dólares salían del Sur para dirigirse el Norte cada año.

Entrevistador: Teniendo en cuenta todo lo que ha mencionado, me parece que el tema principal es el multilateralismo y su dirección. Es decir, ¿cómo sentar las bases de un nuevo multilateralismo que también tenga en cuenta —supongo que esto es un poco la propia OCS— estas dinámicas de poder que están presentes en todas las relaciones y como reequilibrarlas para poder lograr un mundo más pacífico donde la convivencia sea posible.

Secretario General: Como usted ha dicho, en gran medida, esta es la propuesta y la propia estructura de la OCS. Porque la premisa de toda mi respuesta, la base de todo lo que le diré sobre este asunto, es que no existe multilateralismo sin organismos multilaterales. Por lo tanto, para una nueva forma de multilateralismo, necesitamos un nuevo tipo de organismo multilateral y todo lo que estamos tratando de hacer en la instauración, la consolidación y el desarrollo de la OCS avanza en esa dirección. Ahora, ¿qué tipo de organismos multilaterales son necesarios? Trataré de responder sin entrar en detalles acerca de la propia OCS, sino más bien abordando principios generales.

Mi primer argumento —aunque pueda parecer simplista, lo cual no creo que sea, aunque en realidad sea simple— es que una organización intergubernamental no puede, en su propia estructura organizativa, replicar las dinámicas de poder que se supone debe abordar. El caso de estudio obvio es la Organización de las Naciones Unidas, cuyo difunto Secretario General, Kofi Annan, reconoció la deficiencia estructural del sistema y fue uno de los que intentó reformarlo. En esta extraordinaria institución que es la asamblea de todas las naciones, no todas las naciones tienen la misma voz. Dado que algunas iniciativas pueden ser detenidas por un solo estado, a través de lo que se presenta como un derecho divino, porque tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad y la capacidad de derecho de veto.

Sin embargo, se nos dice que la existencia del Consejo de Seguridad es crucial para aprobar resoluciones importantes al servicio de la paz, de la seguridad colectiva, de manera oportuna, y que el derecho de veto es de igual importancia para evitar la escalada de conflictos que podrían derivar de decisiones de voto; es decir, para garantizar el consenso en la toma de decisiones. Este argumento tendría que debatirse, pero entiendo que en ocasiones es necesario contar con la opción de comités de menor tamaño para tomar decisiones, para asuntos de gran importancia o gran urgencia y con una regulación adecuada. Sin embargo, aceptar la premisa de que ciertos países tienen más voz que otros sigue siendo inaceptable y replica las dinámicas de la desigualdad y la injusticia. ¿Por qué no tener un Consejo de Seguridad representado exclusivamente por organismos regionales, como la Unión Africana, la Liga Árabe, CELAC, la Unión Europea y así sucesivamente, que estén compuestos por Estados Miembros, cada uno con un voto y derecho de veto?

Considero que tendría más sentido, si es que ha de existir un Consejo de Seguridad, que fuese para abordar las dinámicas de poder injustas del orden actual. En cualquier caso, mi argumento principal es que ningún Estado debería tener más voz que ningún otro en un organismo multilateral. Por supuesto, existen otros aspectos que se deben plantear sobre el nuevo tipo de organizaciones internacionales que necesitamos, pero me alejaría del contexto de su pregunta. Hablaremos de este asunto en el contexto dado. Para este fin, hay un trabajo de conciencia que uno debe hacer y no es simple ni fácil. Puede que no me agrade mencionarlo, porque no hay una fórmula técnica para construir la conciencia, pero nos guste o no, el multilateralismo es política en el mejor sentido de la palabra, un proyecto para el mundo. Y así como la política nacional requiere pedagogía, es decir un proceso de diálogo y aprendizaje mutuo, el nuevo multilateralismo también la necesita.

Entrevistador: Antes de continuar, me gustaría regresar a las Naciones Unidas por un momento. Se ha criticado a la ONU por su inefectividad en muchos casos. Pero también hay un reconocimiento de que, si bien no es perfecta, es un espacio que debe ser preservado porque es el único que hemos podido construir y cumple una función importante. Del mismo modo, por ejemplo, en América Latina y el Caribe hoy en día, existe una gran insatisfacción con la Organización de los Estados Americanos (OEA), lo cual no sucedía hace diez años. Sin embargo, la OEA sigue siendo, en general, un espacio en el que los países de las Américas son proactivos. ¿Por qué cree que nos aferramos a las instituciones que logramos construir, a pesar de ser incapaces de transformarlas realmente en algo diferente, ni de haber sido capaces de crear nuevas instituciones alternativas?

Secretario General : Bueno, supongo que se podría considerar la siguiente metáfora: las instituciones que tenemos son similares a los botes salvavidas que nos salvan de ahogarnos. Ahora nos damos cuenta de que quienes los construyeron no nos asignan los mismos asientos que a los pasajeros de primera clase e incluso nos dejan en el agua, solo para sacarnos cuando nuestras cabezas se hunden. Sin embargo, incluso si no estamos contentos con esta situación, simplemente no vemos otro bote salvavidas.

Entrevistador: O un tronco.

Secretario General: Si tuviéramos otro bote salvavidas, uno con más espacio, probablemente tomaríamos un asiento allí; no para abandonar el existente, sino para estar más seguros y, tal vez, para que los pasajeros del bote salvavidas actual cambien su actitud hacia nosotros —los que actualmente se ahogan porque no tienen más opción que aceptar permanecer en el agua— y comiencen a cooperar con nosotros para que todos nuestros botes salvavidas lleguen a un puerto seguro. En una de mis intervenciones, en el contexto del cambio climático, había afirmado que no puede haber deconstrucción sin planes de reconstrucción. En este contexto, quizá ahora vaya más lejos. El plan de reconstrucción es insuficiente: debemos tener una construcción paralela, no como un sustituto, sino como un complemento a los otros botes salvavidas para que todos podamos llegar a un puerto seguro. Es decir, no se trata de desarmar el bote salvavidas donde están sentados los pasajeros de primera clase, sino de construir otros adicionales desde los cuales podamos coordinar en conjunto nuestra navegación para llegar a un puerto seguro. En concreto, con respecto a las Naciones Unidas, sería una locura tratar de deshacerla. Como usted bien señala, desempeña un papel crucial a pesar de sus deficiencias. Pero también debemos contar con otros espacios, espacios adicionales que hayan sido diseñados para no replicar estas deficiencias.

Una manera de lograrlo, más allá del tema del Consejo de Seguridad de la ONU como una desigualdad estructural, es que también debemos reconocer que existe poder económico dentro de las instituciones multilaterales. Cuando un Estado —pero también en el caso de donantes del sector privado o de la sociedad civil— aporta con la mitad o incluso un tercio del presupuesto de una organización internacional, ese contribuyente tiene en efecto el poder de dictar la orientación de la Organización: y si no lo hace, la Secretaría de esa organización internacional puede actuar preventivamente, tal vez incluso de manera inconsciente, de la manera en que cree que el Estado o donante determinado espera que actúe. El organismo multilateral debe lograr la independencia financiera, digo financiera, ya que no puede ni debe ser independiente por completo; es decir, los Estados Miembros deben tomar decisiones y supervisar de manera activa su funcionamiento. Porque esa es la única manera de garantizar una verdadera democracia en la Asamblea de Estados Miembros soberanos donde se votan decisiones.

Ahora, usted también pidió mi opinión sobre por qué parece que no hemos sido capaces de construir alternativas genuinas en términos de multilateralismo y modelos de desarrollo. Creo que hay un par de razones, tal vez más técnicas y que creo que son las que más le interesa escuchar que mi reflexión sobre el hecho de que no supimos construir realmente una conciencia internacionalista, lo cual sigo creyendo que necesitamos hacer.

En primer lugar, en las instituciones que pudimos construir, pero que no evolucionaron hacia las alternativas genuinas que deseábamos, creo que replicamos muchos aspectos de los modelos de los primeros organismos multilaterales, porque asumimos que el problema era de individuos o naciones específicas cuando el problema fundamental era estructural. O bien, como una corrección excesiva de los problemas estructurales que vimos en esos primeros organismos multilaterales, creamos nuestras nuevas organizaciones de tal manera que se volvieron impotentes, sin ningún poder discrecional, ya que requieren que los Jefes de Estado y de Gobierno se reúnan para tomar una decisión de forma constante. En resumen, el primer problema es que hemos replicado los modelos de los primeros organismos multilaterales con todas sus deficiencias estructurales, o debido a que estábamos insatisfechos con los problemas estructurales de esos organismos. Por lo tanto, de forma involuntaria, hemos configurado nuestras nuevas organizaciones de manera que han tenido impedimentos para llevar a cabo acciones concretas.

Entrevistador: ¿Quiere decir que, por miedo a ser perjudicados, creamos organizaciones impotentes?

Secretario General:En resumen, y en parte, sí. La segunda razón, en mi opinión, es que cuando supimos articular alternativas genuinas, sin replicar modelos existentes ni volverlos impotentes, lo hemos hecho por motivos ideológicos. Organizaciones de izquierda para gobiernos de izquierda u organizaciones neoliberales para gobiernos neoliberales. El resultado es que todo el esfuerzo colapsa con un cambio de gobierno. En otras palabras, dado que es esencial tener un marco ideológico —que abarque la transformación, la soberanía, el respeto de los derechos, etcétera—, este marco debe ser lo suficientemente amplio en el contexto del multilateralismo para reconocer la diversidad de los países y las divergencias entre los gobiernos. Debe ser un marco que permita a los Estados Miembros sentir que pertenecen, a pesar de las diferencias ideológicas, donde un gobierno de derecha y un gobierno de izquierda puedan contribuir y cooperar por igual. Sin embargo, cada vez que articulamos una verdadera estructura alternativa y diferente, por desgracia, la ideologizamos tanto que la condenamos al fracaso.

El tercer argumento que me gustaría señalar es que no hemos dado suficiente voz a los pueblos dentro de esas nuevas organizaciones intergubernamentales y de una manera un poco más directa que la representación gubernamental. Para evitar malentendidos, permítame aclarar en primer lugar que el interferir en los asuntos internos de un Estado no es en absoluto el papel de ningún organismo multilateral. Tras haber afirmado esto y mantenerlo, podemos plantear el hecho conocido de que muchos países del Sur reciben una presión considerable, en particular financiera, de fuentes externas con respecto a las políticas que les gustaría adoptar, lo que equivale a nada menos que amenazas. En muchos casos, en particular en el caso de la presión financiera, los gobiernos de esos Estados consideran, con razón, que no tienen otra opción más que ceder a esa presión externa para garantizar la continuidad de los servicios básicos en interés de su pueblo.

Pero si existe presión de la opinión pública por parte de los ciudadanos, tanto a nivel nacional como internacional, con respecto a una decisión particular adoptada por los Estados Miembros en el seno de un organismo multilateral —que es una alternativa genuina—, esa presión pública también se convierte en un instrumento y una línea de defensa para el Estado afectado ante la presión externa, en su mayoría financiera. Es aquí donde señalo que no hemos incluido al pueblo de manera suficiente en el marco de nuestras verdaderas instituciones alternativas. Es decir, si bien creo que hay trabajo por hacer a nivel del gobierno hacia su propio pueblo —que es un asunto interno de cada país— también hay trabajo por hacer a nivel de los organismos multilaterales para involucrar a los grupos de la sociedad civil, una masa crítica, más allá de las principales ONG que son, hay que decirlo, una fuerza en sí mismas y no necesariamente representativas —aunque puedan ser influyentes– de la opinión pública.

Mi cuarto argumento, que se basa en el anterior y es transversal, es que históricamente también hemos sido demasiado transparentes o reservados. Es decir, en el primer caso, las alternativas genuinas han expuesto de manera pública con demasiada frecuencia, y con las mejores intenciones, el objetivo final; es decir, lo que se haría para lograrlo y cómo, cuándo comenzaría la implementación, qué recursos se usarían y qué planes de contingencia se tendrían. En otras palabras, han salido a declarar toda la estrategia con demasiada frecuencia ante intereses poderosos que se ven perturbados. En el extremo opuesto del espectro, algunas iniciativas alternativas genuinas, en un intento de prevenir el sabotaje, se estructuraron e implementaron de una manera que era demasiado opaca y secreta como para generar los niveles de apoyo necesarios para alcanzar sus objetivos. En resumen, la cuarta y última razón, en mi opinión, es que hemos sido tan reservados que no hemos sido capaces de construir la masa crítica necesaria para lograr nuestras aspiraciones o tan transparentes que nos hemos condenado al sabotaje. Estos son los cuatro argumentos que, me parece, responden a su pregunta.

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